Mi presidente, el excelentísimo Sr. Robot

por Juan María Solare

Cada vez más tareas humanas son realizadas por robots. Sobre todo tareas manuales, por ejemplo de agricultura, despacho de recetas farmacéuticas, o en una cadena de montaje. La aspiración original era que los humanos tuviesen más tiempo para actividades nobles y menos reiterativas o rutinarias, tales como la creación artística, la producción intelectual o el trabajo social. En la práctica, el uso de robots significa que muchos humanos deben dedicarse a la tarea equivalentemente innoble y degradante de buscar trabajo, en lugar de hacerlo.

Aunque no es éste el tema central aquí.

Digamos que en una generación o dos los robots sean capaces de tomar decisiones sensatas. Decisiones no arbitrarias, no nacidas del capricho ni de mezquinos intereses personales o de clan, sino decisiones holísticas, que consideren la totalidad. Decisiones que tengan un sustento de conocimiento, un estructurado banco de datos de aciertos y errores de toda la historia.

Propongo entonces un sistema de gobierno basado en decisiones robóticas. Una robotcracia, o IAcracia (IA = Inteligencia Artificial). Particularmente el poder ejecutivo, es decir los presidentes, son los mejores candidatos a ser reemplazados –con gran ganancia– por robots.

Los legisladores trabajarán posiblemente mano a mano con los programadores de los robots presidenciales, al menos hasta que la robótica avance aún más y sea capaz de desarrollar leyes humanas que se autorregulen y se vayan adaptando a nuevas situaciones.

El poder judicial será posiblemente el último en ser reemplazado, porque –por definición– un juez trabaja sobre casos particulares y en circunstancias irrepetibles al 100%; es insatisfactorio e insuficiente (y en definitiva injusto) que se limite a aplicar automáticamente la norma tal o cual de un código.

Ventajas de un presidente-robot

Claramente, la ventaja fundamental de un presidente robot es que está prácticamente blindado contra la corrupción, tenderá a ser emocionalmente estable y puede programárselo para que gobierne buscando realmente lo mejor para su nación y para las demás naciones. No creo que lo haga peor que la mayoría de los gobernantes de la actualidad. No quiero dar ni un solo nombre, pero estoy prácticamente seguro que en la historia o el presente de los países de todos cuantos lean esto hay al menos un excelente ejemplo de falta de equilibrio emocional, ausencia de ética o manifiesta carencia de efectividad.

La capacidad de negociación entre sus pares robots tendrá en cuenta posibles conflictos entre cooperación, competencia y bien propio, a sabiendas que los demás robots también están considerando primeramente el beneficio de sus países. Hasta puede inculcársele una pizca de altruismo, para que incluyan en su proyecto de gobierno un porcentaje de ayuda desinteresada a países con menos desarrollo. No todos los países pondrán un robot al frente simultáneamente (algunos no lo harán nunca), es decir que nuestro robot tendrá que estar preparado también para negociar con presidentes humanos.

Objeción 1: cero carisma

¿Que un robot carece de carisma? ¡No, si esto es lo más sencillo de programar! Puede fabricarse una personalidad robótica que emane simpatía, firmeza, atractivo, respeto, en las proporciones que un algoritmo –alimentado con un generoso banco de datos del pasado de la humanidad– considere adecuadas. Además, tal pseudo-personalidad irá cambiando ligeramente a lo largo del tiempo, para no tornarse demasiado predecible y por ende aburrida. Sobran ejemplos en la historia del homo sapiens de líderes que han conseguido hacer lo que quisieron con sus pueblos, aun en contra de ellos mismos, en base a su magnetismo personal. Cabe imaginar que un robot, al menos, no tendrá los rasgos psicóticos de sus antecesores ni sus motivaciones de egoísmo compulsivo. Antes bien, su liderazgo podrá “unir los corazones” en un proyecto común. En cualquier caso, nuestro presidente robot tendrá una atractiva presencia mediática y será entrenado para pronunciar vibrantes discursos.

Objeción 2: antidemocrático

¿Que un presidente-robot es un agravio a la democracia? En absoluto. Por el contrario, la gente podrá elegir su programa (nunca mejor dicho) mucho más a gusto, más directamente, co-determinando tal vez las variables más decisivas, tales como la atención (y el presupuesto) que se le dedicará a educación, a seguridad, a salud, a defensa, a la investigación científica, a cada una de las artes, a esto o a aquello. Es decir, metiendo más la mano en la manera de pensar de la maquinaria gubernamental, en su escala de preferencias. El sistema electoral seguramente cambiará (lo concibo más como un cuestionario que como una opción entre A y B sin posibilidades de combinación, como es actualmente), pero no la noción de democracia.

Objeción 3: posibles errores

¿Que ante un error de programación puede desatarse una catástrofe mundial (o una desgracia interna, como inflación)? Esta objeción es más seria. Sin embargo, tampoco un ser humano está libre de sufrir un brote psicótico en el momento menos oportuno. Pero así como los presidentes actuales tienen un grupo de asesores, especialistas en esto o aquello, nuestro robot podrá tener una o varias instancias de control que eviten una hecatombe por error. De hecho, si el lector se siente así más aliviado, puede plantearse inicialmente la situación inversa: incluir un robot en el cuerpo de asesores, con función consultiva pero no vinculante. Esta es una sensata etapa de transición para quienes no sean amigos de los cambios bruscos (y –en general– las masas no lo son).

Objeción 4: abuso de poder

¿Que los robots terminarán tomando el control mundial, gobernando en su propio interés y sometiendo a la humanidad? Por favor, estamos hablando en serio. Este temor ya raya en la paranoia. Demasiado Hollywood. Además, estimado neurótico, las máquinas ya ganaron. ¿Cuántas personas quedan que puedan hacer una división simple sin ayuda de una calculadora, particularmente si hay dinero de por medio?

Objeción 5: sabotaje por el statu quo

Los grupos de presión y las corporaciones que actualmente se benefician de cómo están las cosas en sus respectivas áreas bloquearán o socavarán cualquier cambio que ponga en peligro sus ganancias. Si muchas de estas empresas basan sus ingresos en “reducir costos salariales”, es decir, en pagar caca a sus empleados temporales, no tendrán ningún interés en cualquier cambio que apunte a distribuir equitativamente el bienestar. Este es acaso el único factor que puede hacer tambalear seriamente el modelo de la robotcracia. Si hay una solución, ésta pasa por darle al César lo que es del César, es decir, persuadir (también financieramente y en términos de poder) a tales empresas de que la robotcracia también los beneficiará, y que el modelo actual tarde o temprano quedará obsoleto. Nunca dije que sería una tarea fácil.

¿Todo esto es un chiste?

Puedo imaginar que la mayoría de mis gentiles lectores sonríe y considera estas reflexiones como no mucho más que una chanza elaborada, ideal para compartir en grupos de humor en Facebook. No es mi intención. Que yo presente las ideas con cierta jocosidad no quiere decir que no crea en ellas. Quiere decir que intento evitar que me crucifiquen. Hagan ahora el experimento mental y reemplacen a su presidente disfavorito por un robot. ¿Les parece que un robot tecnócrata lo haría peor? Sinceramente creo que no. Al menos tomaría decisiones coherentes entre sí y sensibles al contexto, sin omitir ninguno de los parámetros involucrados (por ejemplo, nosotros sus súbditos).

Juan María Solare

Vuelo de Londres a Bremen, 21 de febrero de 2017

http://www.JuanMariaSolare.com

 

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