Sobre MPM, blusero

Sobre MPM, blusero

por Juan María Solare

Michael-Paul-MillerDescubrí recientemente la música de un blusero absolutamente desconocido excepto en su área de influencia directa. Se llama Michael Paul Miller, un estadounidense de California. Al día de hoy, las búsquedas online no me llevaron a hallar demasiados datos. La canción que se me atravesó fue “It all means nothing without you” (“Todo es insignificante sin tí” o acaso mejor “Nada tiene sentido sin vos”), que -según descubrí luego- es el séptimo track de su álbum “Homeward” (Rumbo a casa). (Circula una superstición según la cual el mejor track de cualquier álbum es el número 7.)

Hacía varios meses que no encontraba nada que me emocionase a fondo, así que el descubrimiento fue doble, tras preguntarme por qué. ¿Por qué me atrae una canción con claros rasgos de imperfección? Estructuralmente es sencilla (no simplona, sino sencilla), los instrumentos están decentemente tocados pero con un par de errores (en lugar destacado está el acorde de Fa mayor que el guitarrista mete en medio de un clarísimo Fa menor, hacia 0:45), el arreglo no es nada brillante (se superponen demasiado los registros semigraves de piano y guitarra). Pero estos despistes no llegan a ser tantos como para opacar la expresión musical. De hecho parece ser una grabación hecha de un sólo tiro, sin corregir, casi como una grabación en vivo. Deduzco que el presupuesto de los músicos era cercano a cero y no podían darse el lujo de hacer decenas de tomas.

Esta deducción resultó totalmente falsa. Según leí después, Miller tocó cada uno de los instrumentos, cantó, y grabó todo en su propio dormitorio, a lo largo de varios meses.Homaward-michaelpaulmiller

Después de escucharla ininterrumpidamente varias veces, e incluso antes de entender el texto en su totalidad (aún no he llegado a entenderlo del todo), comprendí que lo que me atrae de esta canción es la absoluta sinceridad de la expresión, particularmente de la voz, además del timbre cálidamente rasposo del cantante. Un tipo de voz comparable grosso modo a Louis Armstrong o acaso a Tom Waits, y en el lado opuesto del bel canto operístico. Tan extremo que no es planteable la pregunta por la técnica vocal.

Es decir: Miller parece haber desarrollado una técnica vocal que solamente le sirve a su voz. No es extrapolable. Pero también es innegable que tiene una técnica vocal fuerte (aunque, repito, sólo funciona para él). Me interesa subrayar esto porque estoy harto de escuchar opiniones de wannabe cantantes aficionados que defienden a muerte la falta de técnica (claro, porque no la tienen ellos) y hasta se ufanan de carecer de ella porque creen que “la técnica vocal arruina la expresión” (es una cita real, pero se me perdonará que no mencione fuente). No es el caso de Miller: su técnica vocal le sirve para sacar el máximo jugo a su peculiar instrumento y a lo que estéticamente quiere transmitir (justamente esa aspereza).

Percibir esa sinceridad, esa honestidad artística, me llevó a intentar contactarlo. Lo único que nos queda para salvarnos de la Gran Mentira es hacer alianzas con gente afín, dialogar con las almas gemelas, palmear el hombro de los que sienten como nosotros.

Sinceridad, te decía. Lo que se escucha es que este hombre sabía que se estaba muriendo, y ante esa desmesura ¿qué sentido tendría estar fingiendo? Se acabó el tiempo para las pavadas, queda poco y hay que concentrarse en lo esencial. Conjeturo que es esto lo que llegó a tocarme “a primera vista”.

Encontré esta canción en una plataforma poco conocida, llamada TheSixtyOne, muy adecuada para este tipo de descubrimientos. Aquí hay sólo artistas semicomerciales pero con grabaciones de primer nivel. Es decir, artistas auténticamente independientes: lo hacen lo mejor que pueden, invierten un montón de dinero en estudios de grabación o en equipamiento, producen resultados en muchos casos estupendos, pero no tienen una empresa ni un manager detrás que les quite las piedras del camino y sepa orientarlos en el mundo del mercadeo musical. En el mejor de los casos tendrán una agencia que les gestiona conciertos, y punto. En esto, TheSixtyOne se diferencia de SoundCloud o de Youtube, donde se mezcla todo: este tipo de artistas independientes luchadores, más alguien que comenzó a tocar la guitarra ayer, más otro que piratea grabaciones ajenas. En TheSixtyOne hay además un sentido enorme de comunidad, orientado por su tipo de organización, participativa.

Miller en The Sixty One

 

Aquí en TheSixtyOne la familia de MPM dice, entre otras cosas (resumo mucho):

Michael Paul Miller, 29 de febrero de 1952 – 8 de abril de 2008

Su banda principal fue Blue Stew, con quienes estuvo 14 años. Luego de obtener cierto reconocimiento local, llegaron a ganar la competición International Blues Challenge (IBC) en Santa Barbara y pudieron viajar a Memphis para competir en la final del IBC en 2008.

Michael sufría de un extraña enfermedad llamada Síndrome de Tourette, un trastorno neuropsiquiátrico que se manifiesta en tics vocales y motrices, terribles dolores de cabeza, déficit de atención con hiperactividad, y grave depresión. En esta clave pueden leerse también muchos de los textos de sus canciones.

Mike pasaba horas en internet ayudando a otras personas con síndrome de Tourette. Creía en el poder de la música y en su potencial para cambiar la vida de la gente, incluyendo la propia. En 2002 Michael armó su propio estudio de grabación en su dormitorio y durante meses grabó cada instrumento y cada línea vocal. El resultado fue un álbum muy personal, Homeward.

Aunque para muchos era una estrella, sus depresiones (relacionadas con la enfermedad de Tourette) lo llevaban a desvalorar su propia música.

En Spotify, la música de Michael Paul Miller tiene menos de mil plays, es seguida por sólo tres personas (entre ellas yo) y tiene tan sólo cuatro oyentes mensuales en todo el mundo. Mi anhelo es que a raíz de esta sencilla (no simplona) presentación, su música resulte más conocida – y más amada.

 

Michael Paul Miller murió el 8 de abril de 2008. Ya sé que es una coincidencia, pero también un hecho: sin saberlo, estoy escribiendo estas líneas otro 8 de abril, ocho años después.

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